Compradores de tiempo, de Joe Haldeman

Introducción de Julián Díez

Héctor Ramos (1968) es un viejo camarada mío. Fuimos compañeros de colegio, y llegamos al fandom simultáneamente. Él, sin embargo, está bastante retirado de la actividad en el género, por razones familiares y laborales. Sin embargo, durante el periodo en el que se mantuvo activo, fue el primer crítico dentro de la cf que ejerció esa labor regularmente con una formación filológica. La mejor prueba de ello es el estudio sobre Angélica Gorodischer que publicó en el número 4 del boletín Pórtico, de la AEFCF, que fue considerado en su momento (1993) como modélico. Además, aportó numerosas reseñas a Gigamesh, algunas de las cuales no fueron del todo bien comprendidas por Alejo Cuervo, aunque finalmente todas resultaran publicadas.

Aunque la labor de Héctor no fue muy extensa, siempre aportó calidad, escapó de los modos convencionales, y resultó precursora del trabajo que hoy, por ejemplo, lleva a cabo Hélice. Como testimonio de su trabajo, recupero la reseña que hizo en Gigamesh 6 (1994) de una buena novela de Joe Haldeman, Compradores de tiempo. Héctor hizo buenas migas con los Haldeman durante sus visitas a España y este texto da testimonio de su admiración por el escritor de Florida. Espero que esta recuperación sirva, más que nada, para que retome la actividad, justo en un momento que su labor podría ser más valorada que nunca.

 

La irrupción de la personalidad informática constituirá una clave reveladora de la época de una novela para los críticos del futuro, de la misma manera que nosotros podríamos situar en los años setenta obras donde aparezcan personaje greñudos luciendo pantalones de campana. En la ciencia ficción, los mundos de silicio han tomado el relevo hard a las ciencias espaciales y ya se han erigido en componente desarrollable para toda buena novela especulativa. Puede decirse que los noventa han contemplado la segunda fase de la aceptación social de la era informática, después del inicial despegue elitista: su aceptación en la ficción narrativa.

En Compradores de tiempo, la soltura de diálogos y de desarrollo es la principal baza de Haldeman, uno de los pocos escritores que parece estar viviendo una segunda luna de miel con la ciencia ficción, por la avalancha de reconocimientos que esta década le ha tributado. La versatilidad con la que acude a su labor creadora lo convierte en una pluma valorada por encima de las aduanas y los abismos generacionales.

En Compradores de tiempo viven una serie de personajes que gozan del privilegio de ser inmortales. Su longevidad sí tiene precio, y es la donación a la Fundación Stileman de todas sus posesiones con un mínimo de un millón de libras. Cada diez años han de someterse al tratamiento Stileman, para volver a un mundo que no les debe nada y en el que han de empezar desde cero para ahorrar su próximo millón. Con estas condiciones, es lógico que el número de agraciados sea reducido, se conozcan entre ellos y puedan llegar a organizarse. ¿Con qué fin? Pues donde encontramos cierta falta de convicción en el argumento de Compradores de tiempo es en la manía de algún personaje de instaurar una presidencia terrestre con nombramiento a dedo sobre sí mismo Ahí cae Haldeman en recordarnos los devaneos dominantes de la mayoría de los villanos de la ficción producida durante la época de la Guerra Fría. Afortunadamente, la acción se concentra en los dos protagonistas, Dallas Barra y María Marconi, dos inmortales que involuntariamente convierten la novela en una huida hacia la terrible verdad.

Una de las virtudes que revalorizan a un autor es su voluntad experimental. La narración adquiere tintes refrescantes con los diversos intentos formales que despliega Haldeman. No hay que buscar sólo la sombra del fabuloso El libro de los cráneos en la temática rastreadora de lo inmortal mezclado con lo humano; al igual que en éste, en Compradores la observación está a cargo de los dos protagonistas por separado, que alternan sus puntos de vista en capítulos que llevan sus nombres, con el añadido frecuente de comentarios en tercera persona y reproducciones textuales varias. La limitación del visualismo de las escenas, la profusión de un diálogo cargado de mensajes implícitos y la acumulación de referentes nuevos en cortos espacios de tiempo producen una trama difícil de seguir en algunos momentos, nada cercana al thriller desenfrenado, pero riquísima en su concepción, que hace ver que esta es una novela meditada para bombardear al lector con sensaciones.

Y ese conjunto de información total avanza un paso en la estimación de ciertas ideas, ya que en Compradores se presenta la redención incondicional del concepto de aldea global a los pies de la de periódico global; ya no es que la influencia de los actos económicos alcance todos lo rincones del planeta, ahora además información es sinónimo de poder efectivo. El planeta Tierra pasa a ser un enorme ser vivo con venas en forma de internet por donde circula la información. Sólo que algunos pueden controlar la sangre para su propio beneficio. Y éste puede ser el convertirse en inmortal.

Compradores de tiempo viene a salir publicada en nuestro país al mismo tiempo de la concesión del premio Hugo a su autor por el relato “No hay mayor ciego…” (BEM nº 47). No hay mejor forma de comprobar la vitalidad de Haldeman que leer esta novela especialmente sincera en la manera de tratar al lector; sin mentirle, sin llevarle a la confusión, y empleando con habilidad los medios a su alcance, que son todos los que puede dar una inmortalidad ilimitada.

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