La sombra de la luz, de Enrique Cortés 3

Buzz Seldon es el segundo cosmonauta destinado a la estación espacial construida por la Agencia Espacial Europea a un cuarto de año luz de la Tierra. Poco antes del lanzamiento sus superiores le revelan que el primer ocupante de la estación dejó de transmitir a la mitad de su estancia tras enviar unos últimos mensajes perturbados por unas interferencias de origen desconocido. Con la incertidumbre que supone no saber lo ocurrido, Seldon viaja con la única compañía de María, una IA que le ayudará a soportar los meses de soledad que le aguardan y, gracias a la cual, podrá desentrañar el misterio.

La sombra de la luz, de Enrique Cortés, fue la novela ganadora de la primera edición del premio Astro de ficción científica, un premio patrocinado por la Universidad Autónoma de Madrid y la editorial Equipo Sirius. Una obra que marca desde sus primeras páginas el tono general que mantiene de principio a fin: la irrelevancia. No hay ningún aspecto, ni siquiera su brevedad (apenas 150 páginas), que merezca la pena resaltar. Personajes, trama, voz del narrador, diálogos, especulación científica… apenas dejan lugar a la duda: o bien el jurado ha mantenido durante su labor unos criterios cuestionables o bien el nivel de los finalistas era tan mediocre que se vieron obligados a decantarse por el mal menor. Entiendo que un premio de este tipo, que lleva aparejada la publicación de la obra ganadora por una editorial, no puede ser declarado desierto. Sin embargo quizás debiera haberse sopesado esta opción. Inaugurar un palmarés con una novela de tan escaso calado disuade a la hora de enfrentarse a futuras ediciones. Pero ese es otro asunto.

Parto de una base fundamental: la estructura sobre la que se apoya La sombra de la luz es endeble. Por un lado Cortés relata el viaje de Seldon hasta la estación, el segmento más importante de la narración en el que aparecen leves fogonazos que alumbran la añoranza del hogar, la soledad de quien sabe que está a un cuarto de año luz de casa y a unos centímetros del vacío… Por otro se apoya en el control de misión, situado en la Tierra, para revelar el motivo que produjo la pérdida de la señal. Cuando este segundo hilo se pone de manifiesto, lo que debiera desencadenar una interferencia constructiva perjudica por completo al primero: altera absolutamente el ritmo de la historia y quiebra la atmósfera de incertidumbre que rodea al viaje Seldon. De hecho, tal y como está planteada, la trama apenas daba para un relato largo donde todo se podía haber resuelto desde la perspectiva de Seldon

Abundan las descripciones escritas con un lenguaje plomizo, en su mayor parte prescindibles al centrarse en lugares comunes que ni siquiera funcionan bajo el prisma de situar a los personajes en un escenario gris, impersonal… A este tono de atonía contribuyen unos diálogos antinaturales, con personajes que se supone trabajan codo con codo y que hablan de manera engolada como si fuesen el Rey haciendo una declaración institucional, sin importar el motivo de su conversación ni el ambiente donde dialogan

Y sin entrar en el motivo por el cuál se perdió la comunicación, la especulación científica detrás de ese misterio no me ha convencido. Nada. Quizás el problema está en que soy físico y la encuentro profundamente equívoca. Pero el asunto nos acerca a otro problema que afecta al discurso narrativo sobre el que se sustenta dicha revelación; vago, demasiado general, centrado en cuatro nociones de relatividad y un puñado de frases manidas como los famosos dados del hacedor (por fortuna esta vez han dejado tranquilo al mil veces asesinado gato de Schrödinger). No es exigible que todos los autores que toquen una temática científica alcancen el virtuosismo de un Greg Egan o, a un nivel inferior, un Robert J. Sawyer, un Juan Miguel Aguilera o un Greg Benford. Pero sí que hagan un poco la tarea como hizo José Carlos Somoza con Zigzag. Más preocupantes son ciertas decisiones argumentales, como que una IA descubra en apenas unas horas lo que toda la potencia tecnológica de la Agencia Espacial Europea fue incapaz de revelar.

La novela se resiente de todo esto… y varias cosas más.

De hecho, apenas encuentro una faceta que merece la pena destacar. La peripecia de Seldon en la estación, el único segmento de la narración que se sostiene por si mismo y que, creo, habría dado lugar a un aseado y atmosférico relato de quince o veinte páginas. Pero con la forma que nos ha llegado, La sombra de la luz queda como una de las novelas más flojas publicadas en los últimos años que, ni siquiera, puede tildarse de anecdótica.

3 thoughts on “La sombra de la luz, de Enrique Cortés

  1. Fernando Lafuente Dic 28,2010 2:21 pm

    Buf, menudo varapalo, amigo Nacho. Constructivo y por tanto intachable, pero varapalo al fin y al cabo. Aun con la excusa de tener todavía varios libros apilados a mi alrededor, reclamando tercos su lectura, las vibraciones que me transmite tu crítica de esta obra no son nada alentadoras…

  2. Dorothy Ene 8,2011 1:25 pm

    Respeto su opinión, pero no puedo permitir que se hable así de una novela que, personalmente, me ha encantado.

    ¿Lenguaje plomizo? ¿Diálogos antinaturales? Al leer su crítica, me parecía que no estaba hablando de la misma novela que yo leí, pues precisamente una de las cosas que más me gustaron de la misma es lirismo y la sencillez con la que está escrita. Este autor consigue crear en el lector imágenes de una dulzura infinitas. Momentos mágicos que aparecen cuando menos lo esperas

    Por otro lado habla usted de un argumento endeble ¿es que no es importante la reflexión sobre la soledad, la mirada al interior de uno mismo y el valorar lo que realmente es importante en la vida? Yo no soy física, y no me importan los aspectos «teóricos» que usted destaca. Desde luego, lo que sí me importa como lectora, es que esta novela me hizo reflexionar sobre qué es lo realmente importante en la vida, y no muchas lecturas hoy en día nos llevan a hacer eso.

  3. Ana B. Ene 12,2011 8:59 am

    A mí me ha gustado mucho. Me parece una historia emocionante y llena de sensibilidad. Yo no soy experta en literatura pero me alegro de que me regalasen este libro. No entiendo por qué dice tantas cosas feas Ignacio Illarregui. No estoy de acuerdo con él.

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