En el océano de la noche, Gregory Benford

Introducción de Julián Díez

Comenzamos nuestra sección de recuperación de reseñas clásicas con un trabajo del añorado Emilio Serra; de hecho, el más elogioso hacia una novela que, por lo recuerdo, jamás publicara. Se trata de una crítica tras la primera edición de En el océano de la noche, de Gregory Benford; por añadidura, una obra que no cuadra en líneas generales con los gustos más frecuentes de Serra.

Como comenté en mi artículo de historia de la crítica especializada en España -publicado en Hélice-, Serra colaboró durante algo más de un año con Nueva Dimensión, en una relación convulsa pero que resultó muy influyente para posteriores estudiosos y aficionados del género, en particular en los que se vertebraron en torno a Gigamesh. Antes de Serra, Nueva Dimensión no había publicado regularmente reseñas, aunque luego captó a otros críticos -notablemente Juan Carlos Planells, Javier Redal, Alfredo Benítez Gutiérrez y Albert Solé- cuando su marcha dejó un hueco evidente para los lectores, que ya se habían acostumbrado a recibir una información que les auxiliara en un periodo en el que las novedades aparecían con una frecuencia inusitada hasta entonces. Hablamos de la época dominada por Super Ficción de Martínez Roca, Acervo, Nebulae Segunda Época y las primeras publicaciones de Minotauro en España.

Aunque no muy extenso, este texto es una de las críticas más amplias que se publicaran hasta entonces en Nueva Dimensión, y tiene tanto la longitud  como el tono que se harían habituales desde entonces en la revista. Su publicación original corresponde al número 115 de ND, septiembre de 1979.

Sobre el contenido en sí, un par de comentarios: en esa época, sí, las novelas de 400 páginas parecían auténticos tour de force; las extensiones por encima de 300 se reservaban para obras magnas, y no eran como hoy la medida cotidiana. Por otra parte, Serra se equivocó al colocar En el océano de la noche como segunda parte de una trilogía; era la primera, y finalmente, resultó serlo de una hexalogía, luego reeditada en varias ocasiones por Ediciones B y disponible hasta bien poco en bolsillo -y de calidad, a mi juicio, bastante descendente respecto a este primer volumen-. La primera edición de la obra, sin embargo, correspondió a una editorial llamada Pomaire, que arrancó con gran entusiasmo una colección de cf que apenas tuvo cuatro entregas.

Sin más, con ustedes, Emilio Serra.

 

Gigantesca (400 páginas), llena de homenajes a Clarke, alusiones a Lewis Carroll y ataques a la NASA y la administración norteamericana, segunda parte de una futura trilogía y (agradable sorpresa) no demasiado mal traducida por Eduardo Goligorsky, es lo mejor del mes. Con ella Benford nos demuestra que tiene imaginación y, lo que es más importante, que sabe escribir muy bien cuando quiere. Felicitaciones a la editorial que, por fin, nos ha dado una colección de alta calidad, no demasiado cara (a peseta por página, y son páginas grandes e impresas con letra muy pequeña y muy pocas erratas) y con obras y autores actuales. Esperemos que continúe en la misma línea.

La trama es verdaderamente ambiciosa, casi monumental: un primer contacto, en la línea de Cita con Rama, de Clarke, pero mucho más humanizado; una relación sexual que, por primera vez, profundiza en la psicología de los personajes (triángulo); un análisis del fenómeno de las sectas pseudoreligosas, de plena actualidad en la cultura occidental, y que nos advierte de lo peligroso que sería que éstas alcanzaran niveles de poder económico y político que les permitieran hacer y deshacer a gran escala; una crítica durísima de la estupidez del establishment científico, del miedo a lo nuevo, del “dispara primero y pregunta después”; unos personajes maravillosamente desarrollados, creíbles, humanos (los hombres son hombres y las mujeres, por una vez, mujeres; una riqueza de imaginación verdaderamente alucinante, que baja hasta los más nimios detalles, que construye un universo vivo, plausible, en el que incluso te gustaría vivir, que mezcla las antiguas leyendas norteamericanas con las más modernas teorías científicas, que… en fin, que es una de las mejores y más divertidas novelas que he leído nunca.

Y lo más asombroso es que está bien escrita. El autor emplea todos los recursos literarios posibles y sabe hacerlo: distintos tiempos y personas, saltos, fundidos, escritura subjetiva, cambios del punto de vista etc… A pesar de que existe un personaje principal (Nigel), no hay protagonistas. Todos los caracteres, desde Alexandria, Shirley, Ichino o Nikka, que son los que dominan la novela, hasta los que sólo salen en tres páginas, o en una sola escena, están vivos, los puedes ver a tu lado, en la calle, en tu casa, en cualquier sitio. Incluso los que no son humanos: el Snark, por ejemplo, o los “Bigfoot” de los bosques nórdicos, están perfectamente descritos en su inhumanidad, en su humanidad, en su esencia. Por que la característica más importante de la obra es que no hay absolutos, arquetipos, estereotipos. Si alguien es malo, o hace daño, es por miedo o por falta de información, y no por otra cosa. Y el amor, la necesidad de amor, la búsqueda de amor, es totalmente universal. Incluso el Snark, cuyo objetivo debería ser destruir y que sólo es una máquina, se redime y nos redime a través del amor. Cuando el protagonista, al final de la obra, es algo más que un hombre (o algo distinto, o algo menos), ese amor traspasa hasta las barreras temporales, se funde constante y perpetuamente con el cosmos, con todos los seres, sean o no humanos, con las propias palabras que constituyen el libro.

A leer inexcusablemente.

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