Milagros de vida, J.G. Ballard

Milagros de vida, “argumentalmente”, suma poco a las biografías noveladas que había escrito Ballard hasta el momento (El imperio del sol y La bondad de las mujeres). Desde un punto de vista conceptual tampoco aporta demasiado a los lectores que se sumergieran en la Guía del usuario para el nuevo milenio, una colección de artículos que excruta de una manera más profunda sus influencias, sus obsesiones, sus intereses, su visión de la sociedad contemporánea… su esencia. Y como autobiografía es un repaso fugaz y un tanto heterogéneo, demasiado escorado hacia su niñez y adolescencia (dedica casi 100 páginas al confinamiento de Shanghai), los inicios de su carrera como escritor y de su vida en familia, mientras pasa como una centella sobre sus últimos cuarenta años. Una obra escrita al final de una vida desde una perspectiva heterogénea y un tanto autocomplaciente. Sin embargo aporta una visión de conjunto más difícil de aprehender en las obras anteriores, una suma de las vivencias que han conformado las diversas facetas que componen a J. G. Ballard y que han originado el caldero del que emergen sus creaciones.

Para el lector más interesado en la literatura prospectiva hay diseminados un puñado de recuerdos que la tocan muy de cerca. Entre la descripción de su relación de amistad con el escritor Kingsley Amis o el escultor Eduardo Paolozzi figura Michael Moorcock, al que conoció a comienzos de los años sesenta cuando era editor de New Worlds y fraguaba la nueva ola británica. También relata cómo se aproximó a la ciencia ficción mientras servía (y se aburría) en la Real Fuerza Aérea Británica en Canadá; un campo de experimentación ideal para romper con la anquilosada sociedad inglesa en la que se había criado y explorar la neurosis del hombre moderno. Recuerda sus problemas para publicar sus cuentos en las revistas de EE UU; hay un pequeño bosquejo de su asistencia a una WorldCon (Convención Mundial de Ciencia Ficción); sitúa la importancia que tuvieron una serie de obras que hoy en día se han convertido en su santo y seña: El mundo sumergido, La exhibición de atrocidades y Crash;…

Todos estos recuerdos son relatados por una persona ajena a las convenciones del género. Como cuenta, no llegó a la ciencia ficción en la adolescencia sino en plena madurez, con un bagaje de lecturas más propio del canon mainstream. Y el ámbito en el que se ha movido después ha seguido un curso parecido, separado del mundo de lo que comúnmente conocemos como fándom. Puntualmente, este desconocimiento de la tradición de la ciencia ficción da pie a afirmaciones que se antojan erradas, caso del bache en el que según él entró la ciencia ficción a finales de los años 50 con el cierre de multitud de revistas en EE UU y del que no salió hasta el estreno de La Guerra de las Galaxias. Sin embargo dicha situación es uno de los motivos que explica la aparición de una de las voces más personales que ha cultivado la ciencia ficción. Pero estamos ante un autor que ha indagado como pocos en nuestro espacio interior y en cómo nos han afectado los grandes cambios sociológicos y tecnológicos que, en apariencia, menos nos han transformado. Un creador de paisajes a mitad de camino entre la exuberancia y el abandono donde la pátina de la civilización acostumbra a resquebrajarse en esos proverbiales cinco minutos que separan el presente del futuro. Algo que queda todavía más claro si uno se acerca a Milagros de vida.

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