Las canciones secretas, de Fritz Leiber 1

por Ignacio Illarregui Gárate

Hace escasas semanas, Abuelo Igor reivindicaba en Visiones fugitivas la figura de Fritz Leiber, un escritor forjado en el pulp que

se paseaba por las páginas de papel barato como Vincent Price por los platós de la American International, manteniendo una elegancia, una distinción, una dicción cultivada y shakespeariana, que entonces nadie asociaba a lo que llamaban “subliteratura””.

Animado por sus palabras, y el inmejorable recuerdo de novelas como Nuestra señora de las tinieblas o ¡Hágase la oscuridad!, y relatos como “Voy a probar suerte”, “Nave de sombras” o “Aciago encuentro en Lankhmar”, estas navidades me lancé sobre Las canciones secretas, una colección de cuentos publicada por Verón hace casi 40 años. Una elección de lo más agradable para estos días que tanto apetece arrebujarse en el sillón para perderse en la ficción.

Las canciones secretas reúne una docena de relatos provenientes de varios momentos de la carrera de Leiber. El más antiguo, “Fantasma de humo”, fue publicado en 1941 en Unknown, mientras que el más moderno, “Las moscas del invierno” (“The Inner Circles” en inglés), apareció en 1967 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. Entre ambos nos hallamos ante un compendio que abarca un cuarto de siglo en el que se aprecian la mayoría de las características que glosa Abuelo Igor en su semblanza.

El relato más conocido de los que se recogen en Las canciones secretas es “La muchacha de los ojos hambrientos”. En él una mujer se introduce en la vida de un fotógrafo para darle vuelta y media gracias a la fascinación que levantan las fotografías que la toma. Una historia de vampirismo posmoderno que funciona como terrorífica advertencia del incipiente poder de la imagen en el mundo que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Una fabulación sobre la atracción que despierta la cultura popular que también se encuentra en la base de cuentos como “Rump-Titty-Titty-Tum-Tah-Ti”, en el que una tonada cautiva a toda la humanidad, y de “Fantasmas de humo”, o cómo los viejos mitos del terror resucitan con los ropajes de los nuevos escenarios urbanos para explotar los mismos miedos de siempre.

Cuentos en los que Leiber hacía nuevo lo viejo. Peligroso lo inocuo.

Pero creo que es el relato más extenso de la colección, “No es una gran magia”, el que mejor define la manera en que Leiber concebía la literatura. A lo largo de setenta páginas cuenta lo que ocurre entre los bastidores de una compañía de teatro durante una representación de Macbeth. Gracias a pequeñas alteraciones en el desarrollo de la narración, sabemos que hay algo que no funciona como debiera. No por nada “No es una gran magia” se enclava dentro de la serie de El Gran Tiempo; un pequeño episodio dentro del interminable enfrentamiento a lo largo y ancho del tiempo entre Serpientes y Arañas. Sin embargo Leiber está mucho más interesado en transmitir su pasión por Shakespeare y el teatro. Página tras página detalla los instantes previos a la representación, el trasiego detrás del telón, cómo se van resolviendo los pequeños contratiempos… Es un Macbeth como, creo, no se había leído hasta entonces (y no se ha visto desde entonces), con un pulso narrativo férreo, un lenguaje rico que (es una pena) se ha perdido en parte en la traducción/edición, y un aire de comedia que sobrepasa por todos lados a la ciencia ficción que hay en la historia.

Estas prioridades tan alejadas de la mayoría de sus escritores coetáneos, en matrimonio con una imaginación nada encorsetada por las convenciones, también se observan, por ejemplo, en “Las moscas del invierno”. Una narración alucinatoria en la que un escritor dialoga con varias de sus creaciones en un entorno tan cotidiano, y tan (a priori) cercano, como su hogar. Incluso son el santo y seña de los relatos más en sintonía con la línea con los temas predominantes en las revistas de finales de la década de los 40 y comienzos de los 50. Cuentos que remiten a miedos como el holocausto nuclear (“La luna es verde”), la guerra fría (“El hombre que se hizo amigo de la electricidad”) o la catástrofe planetaria (“Un cubo de aire”) retorcidos con la idea de estirar el horizonte de expectativas del lector hasta trasladarle más allá de la frontera de la comodidad.

Sin embargo me acerco a esta reseña con un pesar. Hace diez o quince años, cuando el panorama editorial estaba en recesión, se podía esperar que, con la mejora que se iba a producir, se recuperarían estas (y otras) historias en una nueva edición. Un rescate de la obra breve de Leiber con una traducción acorde a la mejora de las ediciones que se ha producido. No obstante, esa decisión o bien fue abortada por la canallada de Pulp ediciones, que maltrató especialmente su obra, o simplemente era fruto de la calenturienta mente de un fan fatal.

Ahora mismo, con la mayoría de las editoriales con el módulo de supervivencia conectado en el grado extremo y con el libro electrónico a la vuelta de la esquina, parece imposible que se produzca. Como comentaba Abuelo Igor en el texto que me animó a leer Las canciones secretas, estamos ante la cara perturbadora de Leiber, casi en las antípodas narrativas de los relatos de Fafhrd y el Ratonero Gris que suelen recordar el grueso de los lectores. Lo que sumado al tradicional problema que arrastran las colecciones de relatos me deja resignado a no volver a ver una colección de cuentos como esta en las librerías… a no ser que una editorial como Valdemar decida “convertirlo” en Gótico. Mientras, estas pequeñas obras de artesanía quedarán sólo en manos de los que encuentren un volumen en alguna librería de viejo a un precio razonable o a los poseedores de un libro electrónico que la consigan por los canales habituales. Triste pero…

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