Honrando a los maestros (II)

Hola, amigos. Aquí me tenéis de vuelta, dispuesto a que la tercera entrega de mi onda particular llegue allá donde os encontréis y tratando de que, aunque su amplitud sea un tanto variable, la frecuencia con la que acude a vosotros se mantenga más o menos uniforme. Y continúo, lógicamente, donde lo dejamos: haciendo un pequeño homenaje mediante obras musicales (y rockeras) a esos libros o películas que nos abrieron horizontes insospechados y nos introdujeron en el apasionante mundo de la ciencia ficción. (…)

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Entrevista a José María Merino

La pasada semana tuve la ocasión de entrevistar para mi periódico a José María Merino. La versión de nuestra conversación que pude publicar se vio inevitablemente recortada. Aquí está, en una excepción de nuestra sección de sólo siete cuestiones, el texto íntegro, con especial hincapié en temas relacionados con la ciencia ficción.

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Adiós a Ed Roberts

¿Sería posible la ciencia ficción sin la existencia de ordenadores? Igual sí, a base de mezclar algunos conceptos del más amplio género fantástico con los desarrollos del steampunk…, pero lo que es seguro es que poco tendría que ver con la que conocemos en la actualidad. Supernaves estelares cruzando el universo sin ordenadores de a bordo tecleados por ágiles tripulantes espaciales, robots asesinos sin ordenadores miniaturizados que los dirijan en sus maléficos planes, aventureros ciberpunks que entran y salen en redes informáticas complejas con sus ordenadores muy personales, columnas de opinión en la web sin títulos basados en el nombre de ordenadores manipuladores extraídos de clásicos del cine… Se hace difícil de imaginar, francamente.

Por ello es hoy justo y necesario, nuestro deber y salvación, reconocer la labor y la figura de Henry Edward Roberts, Ed Roberts para los amigos, un tipo desconocido por el gran público (y por el público lector de nuestro género también) al que sin embargo tanto debemos en la ambientación y desarrollo de las historias que más nos gustan, y que falleció a los 68 años de edad, como una broma de mal gusto, el pasado 1 de abril (el Fools Day o Día de los Locos, equivalente anglosajón de nuestro Día de los Santos Inocentes).

Para el que no lo conozca, Roberts sorprendió al mundo con la presentación, en el número de enero de 1975 de la revista Popular Electronics, de un novísimo mecanismo llamado Altair 8800 (en homenaje a la estrella más brillante de la constelación del Águila) que, según rezaba la propia publicación, no era otra cosa que el “primer kit minicomputador del mundo”. O sea, el primer ordenador personal de la historia aunque, eso sí, con menos posibilidades que el teléfono móvil más barato que podamos encontrar en nuestros días. De hecho, su invento funcionaba con un procesador Intel 8080 que le permitía ser programado para varias tareas de cálculo y poco más. Fue su creación más conocida tras muchos años dedicado a trastear con los circuitos.

Si sería importante el artilugio de Roberts, que Bill Gates y Paul Allen, fundadores de Microsoft, publicaron un comunicado a cuatro manos nada más conocer el fallecimiento de este ingeniero y médico nacido en Miami para mostrar sus condolencias con la familia y en recuerdo del que calificaban como “mentor” de su propia obra. Y es que el propio Gates, que en 1975 era un estudiante de la universidad de Harvard, se mudó igual que Allen a Albuquerque, donde se encontraba la empresa de este pionero del PC personal, para trabajar con él en la empresa que había creado con unos amigos, también apasionados de la cacharrería y el cableado: Micro Instrumentation Telemetry Systems (MITS). Con el tiempo, ambos se independizarían de Roberts para fundar su propia compañía, la exitosa Microsoft, pero siempre reconocieron la deuda intelectual con el lenguaje de computación empleado en el Altair 8080.

En 1977, Ed Roberts se cansó de la informática y vendió su parte en MITS para dedicarse a otra de sus grandes pasiones: la medicina. Tras graduarse en la Universidad de Mercer, en 1986 comenzó a ejercer como médico rural en el Estado de Georgia, donde ha terminado sus días víctima de la neumonía.

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Azares de bazar

Empezó mucho antes, pero no me llamó la atención hasta lo de la ferretería del señor Antonio. Había estado allí, en la esquina, toda la vida, o al menos desde que mi familia se mudó al barrio, mediados los sesenta; un comercio mal iluminado, abarrotado de cachivaches con cables pelados surgiendo de los agujeros más insospechados y un mostrador de madera oscura, marcado por una bruñida red de antiguas cicatrices. Supongo que nada dura eternamente. Cierto día amaneció con un prosaico cartel que anunciaba: “REMATE TOTAL POR JUBILACIÓN”. Fue sustituido dos semanas después por el más escueto: “EN VENTA”.

Una tarde al pasar por enfrente descubrí que habían inaugurado un bazar, de esos que empezaron siendo de Todo a 100 y ahora tienen cien de todo. Entré por curiosidad. El encargado me sonrió, sin decir nada. Jamás hubiera pensado que el local fuera tan espacioso. Hilera tras hilera de trastos inútiles, desfilando bajo la implacable luz de los neones. Salí sin comprar nada, aunque mi falta de entusiasmo no logró perturbar en lo más mínimo la sonrisa del encargado.

Tras la ferretería de Antonio cerró la tienda de regalos, y luego la papelería. La competencia, cabría pensar, sólo que en los locales abandonados se instalaron sendos bazares, indistinguibles del primero. Los mismos artículos, idénticos empleados joviales. Y cayeron a continuación en rápida sucesión la panadería, la floristería y la carnicería. A nadie pareció importarle demasiado. Al fin y al cabo, la compra se hacía casi toda en el supermercado, y para una emergencia, ahí estaban los omnipresentes bazares, donde podía encontrarse casi cualquier cosa, a precios bastante razonables. No constituía una molestia demasiado grande. No era preocupante.

Entonces se me estropeó el ascensor.

No suelo utilizar las escaleras, pues vivo en un quinto. Aquel día lo hice por obligación y descubrí que los García Sampiedro y los López Boj ya no eran mis vecinos. Toda la primera planta del edificio era ahora un inmenso bazar.

El encargado me invitó a pasar con una sonrisa y un cabeceo. Apreté el paso, sin atreverme siquiera a lanzar un vistazo al interior del establecimiento. Conocía al dedillo lo que podía esperar encontrar en él. Me avituallé rápido en el súper y corrí a parapetarme de vuelta a casa. Ojos risueños de empleados de bazares me siguieron durante todo el recorrido.

Los acontecimientos se precipitaron. Lo constaté con impotente angustia desde la ventana del comedor. Cuando me encontraba con alguien conocido, en mis tímidas excursiones de aprovisionamiento, los dos girábamos la cabeza para no tener que entablar una conversación casual. ¿De qué podíamos hablar? ¿De los bazares? 

Hace cinco días que no planto un pie más allá de la puerta. La última vez que me aventuré al exterior, la plaga se había extendido más allá del tercero, con unas pelotas de playa colonizando, como quien no quiere la cosa, la escalera hasta el primer descansillo. Podría llamar por teléfono a Ramona, la viuda del cuarto B, pero tengo miedo de que salte un contestador automático, invitándome a adquirir lo que quiera, a un precio muy razonable. Pero eso no es lo peor…

Lo peor es que no sé de dónde ha salido el buda dorado que ha asentado sus orondas posaderas en el microondas. Además, juraría que al final no había caído en la tentación de comprarme la bola de plasma que relampaguea sobre la mesa del comedor.

No sé si me acostaré esta noche. Por debajo de la puerta de mi habitación se filtra una luz blanca de lo más inquietante.

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