Para Gabriel, aquel pueblucho era un pantanal masturbatorio. Aburrido y tosco.
Así que cuando se propagó el rumor del aterrizaje de las ninfómanas a escasos kilómetros de donde las cervezas, Gabriel se dijo “¿y por qué no?”, sumándose a los que linterna en ristre peinaban la zona aquella noche.
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