La sabiduría del pasado

-¿Kómo yeba lo de… emm… esto ké es, dididí? -preguntó a la máquina con el lápiz apuntando a la casilla que había o no de tachar.

-Dividir. Lo lleva bien. Las operaciones aritméticas simples le son conocidas y ha comprendido su necesidad para las decisiones de la vida diaria. Ya compra la cantidad correcta de fruta al proveedor, después de varias semanas de caos contable -lógico, dado el  difícil aprendizaje del regateo- que casi le hacen cerrar el negocio y morirse de hambre -informó la voz andrógina.

-i… ké kojones es lo otro ke pone akí… ¿el ajorro?

-¿Se refiere usted al ahorro?

-Tú savrás, no tá klaro. El ajorro. El aorro. Llo no lo he divujao.

-Ese ideograma que está señalando (el quinto de su minilenguaje) es el ahorro. Eso ya lo aprendió el sujeto en su anterior viaje en el tiempo a la postguerra civil española. Con resultados encomiables y prometedores a la hora de encontrar soluciones creativas a situaciones complejas.

-Soi la putta hama, tía: te se olbidaría decilme que lo markara la última bez. Güeno. Aber… -Revisó un par de pantallas más de su lista de comprobaciones, acariciando con el lápiz el aire, que su ordenador corporal iluminaba con símbolos grandes delante de su nariz-. Sí. Kedava la mierda ésta de la kapazidá de eksp… ekspppr…

-La capacidad de expresión. Una competencia transversal de nivel medio-bajo, imprescindible para comunicarse con otros agentes inteligentes y transmitirles sentimientos y conocimientos con precisión y eficiencia. No hay sentido común ni creatividad sin capacidad de expresión.

-Lo ke digas, shorva.

-El sujeto aún no se ha enfocado en esa habilidad. ¿Desea usted una planificación?

-Lla me la puedes ir soltando, ke pa eso te tenemos enzenduba.

-Se la resumo: teniendo aún dos años para cumplir una mayoría de edad aceptable de quince podríamos enviarlo todavía a Inglaterra, 1601, como miembro de la compañía teatral de William Shakespeare. En dos años podría no sólo haber adquirido una buena capacidad de expresión, sino terminado de dominar el inglés, que dejó a medias en su breve estancia de aprendizaje crítico en Five Points de 1840 (tiene cierto deje irlandés que convendría pulir, si me lo permite, aparte de las cicatrices). Le vendría bien para interactuar con nuestros registros internos en el futuro.

-¿Shispi? ¿Komo el del güeb-konkurso de tías jotys?

-William sería una excelente influencia en cuanto a la capacidad de expresión en lengua inglesa, pero no lo concibo en la situación que usted trata de mencionar.

-Mmmm…

La mujer desplazó el lápiz sin punta por el aire dando un par de golpes más, como al azar, hasta que pareció quedar satisfecha.

-Oquei maquein. Sákalo de Tánjel.

-Tánger.

-…Eso dezía, no me tokes los jobarios. Sákalo de la kosa ésa, la frupedía de Tánjel.

-Frutería.

-…y shápalo con el Shispi el rato que dizes. Kuando buelba me trollas si ha ido vien, ke le damos el kargo en lo ke se yeba meter un puto deo en el hojo. ¿Lla savrá todo, no?

-En esa fecha su formación se podrá considerar completa para su entrada en el cuerpo funcionarial de tecnócratas, sí. Conectarlo a las máquinas y proveer de sentido común y capacidad de decisión en asuntos sociales humanos a nuestro sistema optimizador mundial debería ser la consecuencia lógica de su adiestramiento.

-Tronka, olle, ke me kalientas.

-Lo siento, señora Altezaministra de la Unión Bihemisférica.

-Ea, ke me voi a la plalla ke me canso de avlar tanto. No te se orbide ná de lo ke te e ordenatu, ¿eh?

-Le doy la seguridad más absoluta de que

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Mobymelville, Daniel Pérez

Algo imprescindible para un autor que disfruta escribiendo literatura de género es poseer una voz personal, fácilmente identificable en su obra, y Daniel Pérez Navarro, además de una prosa exquisita, la posee.

Adentrarse en Mobymelville es un reto. Es adentrarse en el mundo de los fabuladores, de los cuenta cuentos, de las narraciones dentro de las narraciones. Mobymelville es arriesgado, y merece la pena arriesgarse con él.

Este libro exhibe con orgullo su carácter fragmentario, surrealista en ocasiones, aunque en algunos párrafos el lector pueda sentirse perdido, aturdido y abrumado por las imágenes que encuentra. También puede llegar a pensar que dicho carácter fragmentario no ha sido buscado, que cada historia tuvo su propia génesis y sólo después de una hábil labor de cirugía ha sido posible crear Mobymelville, pero haya sido como haya sido, el resultado es disfrutable.

Mobymelville nos ofrece historias alejadas de cualquier efectismo, historias que no buscan un final que no existe, sino que nos conducen por un viaje maravilloso. Los fragmentos de este libro ofrecen estampas alucinantes, vívidas imágenes que se quedan grabadas para siempre en la memoria, como la multitud de ballenas muertas a la deriva, o la aparición (brevemente descrita, brevemente mostrada, pero no por ello menos impresionante) de Persephassa y la masacre que su presencia conlleva.

Si alguna pequeña queja puede alegar el lector es, precisamente, la fragmentación que como virtud mencionábamos, y que inevitablemente rompe el ritmo de la narración y en su necesidad de quebrar el espíritu de la novela distrae y rompe la continuidad.

En cualquier caso, como el autor nos dice, Mobymelville es sólo un accidente, un enorme deux ex machina que nos obliga a avanzar sin descanso hacia un final que no es tal, pero que nos obliga a echar la vista atrás y comprender cuánto hemos disfrutado el viaje.

Son inevitables (y buscados, claro) los paralelismos con Moby Dick, pero el lector tendrá la sensación de que, ocultas en el texto, pululan multitud de referencias, de juegos literarios, que se le escapan. Y eso es, sin duda, maravilloso.

Mobymelville no es un libro perfecto, pero es ambicioso, es literatura en estado puro, y es un libro que todo lector que conserve el placer de sumergirse en una obra que rebosa sentido de la maravilla debe, debe, debe leer.

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