China Montaña Zhang, de Maureen McHugh 4

Imaginemos que la crisis mundial va a peor. Imaginemos que EE UU es el país que peor lleva esta debacle económica. Supongamos, en cambio, que China capea el temporal con mayor éxito. Vayamos un poco más allá. ¿Por qué no una revolución de las masas norteamericanas de oprimidos, desempleados y víctimas de las hipotecas basura? ¿Y una guerra civil? ¿Y China apoyando al bando revolucionario que, al final, se hace con la victoria? Puede que sea mucho imaginar, aunque después de la caída del Muro de Berlín yo no tendría ninguna sonrisa de autocomplacencia idiota en la cara, máxime viendo lo que está cayendo.

Maureen McHugh imaginó el mundo que resultaría a consecuencia de semejante vuelco histórico en el lejano 1992 y consiguió, a mi entender, una de las mejores novelas de ciencia ficción prospectiva de los últimos 30 años, con un contenido político de alto voltaje. En efecto, resulta saludable y morboso observar estos EE UU convertidos en un satélite de la omnipotente China y con un peculiar sistema mixto socialista y, vagamente, capitalista. Una potencia de tercera fila, prácticamente irreconocible y, al mismo tiempo, fascinante. Un espejo que devuelve un reflejo distorsionado de un paisaje, Nueva York, tremendamente familiar para cualquiera occidental. La ambientación del libro es, por tanto, soberbia, y aunque los capítulos situados en N.Y. son los que están mejor trazados, no menos impactantes son los que describen la nueva China del siglo XXI, una potencia colosal y con una tecnología tan abrumadora como exótica. Sin olvidar, por supuesto, las pequeñas pinceladas que describen de una forma tremendamente realista y poco épica la colonización de Marte, a caballo entre una cárcel para disidentes y un refugio para los últimos utópicos de las comunas socialistas.

Y, a pesar de esta maravillosa ambientación, no nos encontramos con esa única virtud de este libro magnífico. Porque también está China Montaña Zhang, el protagonista que da nombre al libro, un auténtico hallazgo, un personaje contradictorio y lleno de matices, pleno y totalmente alejado de tantos figurantes de cartón piedra que pueblan las páginas de cientos de novelas de ciencia ficción. Y no sólo es eso; Zhang evoluciona página a página, escalón a escalón, desengaño a desengaño. El apocado y acomplejado joven técnico de los primeros capítulos deja paso al final del libro a un maduro y muy seguro de sí mismo ingeniero daoista, autosuficiente, capaz y en paz con sus viejos fantasmas y el mundo que le rodea. En este sentido, China Montaña Zhang es una perfecta novela de aprendizaje, un completo estudio psicológico de una persona tan atrayente como anodina, sacada de la calle y digna del realismo más decimonónico a lo Balzac o Galdós.

Pero, claro, hay otras posibles lecturas. Las políticas, por supuesto, y no es para menos en un libro que habla sobre una República Socialista de América del Norte. McHugh, es este sentido, acomete su obra con una gran sabiduría. Huye del panfleto, tanto la loa al socialismo como la defensa a ultranza del capitalismo. Este libro no es una crítica abierta contra China y su modelo político. Cierto, refleja a la perfección los aspectos más oscuros de país asiático: su racismo antioccidental, la persecución a los homosexuales (otro eje de la novela, ya que Zhang tiene esta orientación sexual), las purgas estilo Revolución Cultural (Vientos Purificadores, en el caso estadounidense), las contradicciones entre un socialismo cada vez más parecido a un capitalismo de estado, etc, etc.

Y, con todo, estos EE UU funcionan. De acuerdo, son un país de tercera, pero funcionan; hay empleo, las cosas marchan razonablemente bien y los emprendedores como Zhang pueden hacer un hueco en la sociedad. En cierta forma, China Montaña Zhang se plantea la pregunta de hasta qué punto el famoso individualismo estadounidense podría sobrevivir a un entorno semejante. Y la respuesta es un sí rotundo. Zhang triunfa a pesar de todo, a pesar de ser estadounidense y un chino de pega (fruto de la manipulación genética), a pesar de su condición sexual, a pesar de sí mismo y de sus fantasmas, Zhang sale adelante y logra su sueño. Y cuando recibe la última tentación, incorporarse a un gigante empresarial, prefiere montar un negocio por su cuenta, acudir al mercado libre. En este sentido, el libro de McHugh podría verse como una defensa del modo de vida americano, el triunfo del individuo sobre la masa. Pero, con todo, los chinos y su mundo son retratados con una simpatía y comprensión tal que, una vez finalizado el libro, es totalmente imposible aceptar semejante maniqueísmo. Como ya he dicho antes China Montaña Zhang es una novela compleja y que admite múltiples lecturas, ninguna de ella sencilla o simplista.

Eso sí, terminado este libro casi perfecto me surge una pregunta. ¿Cómo es posible que hayan pasado más de 15 años entre su edición original y su presentación en el mercado español? Uno de esos misterios patrios que resultan, realmente, “de ciencia ficción”.