Cámara oculta, de Zoran Zivkovic

Ocurre con cierta frecuencia. Un excelente cuentista afronta una primera novela… y da la sensación de haber errado el tiro. Después de derrochar imaginación a lo largo de diferentes historias, elige un argumento con menos sustancia que el que empleó en sus relatos. Lo desarrolla de una manera inflada, con un cuidado en el detalle más propio de la miniatura a la que está acostumbrada, creando una novela morosa que decepciona.

Una lástima que esta pauta –que no tiene por qué suponer una carga para novelas posteriores… aunque sobran los ejemplos de cuentistas que jamás se adaptan a otras distancias– se repita con Zivkovic. El autor serbio, ganador del World Fantasy, prestigioso de manera creciente tanto dentro como fuera del género, prolonga en Cámara oculta un argumento de novela corta –como mucho– y lo disipa finalmente en uno de sus finales metarreferenciales y un tanto vaporosos, que en un cuento puede resultar coherente, pero que tras 200 páginas da una absoluta sensación de falta de recursos.

Incluso el personaje protagonista absoluto de la novela, un anónimo enterrador totalmente anodino, es la clase de carácter que puede servir como hilo conductor de un relato. Pero su deambular a lo largo de estas páginas no resulta una denuncia, no consigo interpretarlo como un referente, sino que le confirma simplemente como un pelmazo melindroso al que cada cosa que le ocurre le viene sistemáticamente mal. Una suerte de señor de esos a los que a los 50 años aún viste su madre, aunque soltero: definitivamente, nadie a quien queramos acompañar en una aventura urbana, nadie al que queramos ver penar sus carencias durante páginas y páginas.

Pues esto es Cámara oculta, emparentada de alguna manera con narraciones tipo Jo, qué noche de Martin Scorsese. Nuestro enterrador recibe el reto de acudir a una cita misteriosa, y en lugar de contemplar su pecera como nos asegura que es su actividad preferida, decide echarle valor a la vida. A partir de ahí, se sucederán episodios más o menos interesantes en escenarios como una librería de viejo, el zoo o las alcantarillas de una ciudad reconociblemente centroeuropea, en los que siempre aparecen los mismos dos personajes como extras necesarios para una misteriosa continuidad.

El buen señor protagonista opta por creer que todo se trata de una filmación de cámara oculta, una suerte de Show de Truman improbable sin más propósito que la de menearle un poco y reírse de su cortedad de miras. Sin mucho fundamento más que éste, la novela se dirige demasiado lentamente hacia un final igualmente poco memorable, y ni el buen trabajo como miniaturista de la prosa de Zivkovic ni sus ocasionales golpes visuales consiguen dar valor al texto.

2 comments

  1. Que conste que no he leído sus relatos, por lo que no tengo referentes de comparación, pero si me ha parecido curiosa la novela. Parece que estamos en la era de los antihéroes, personajes patéticos que distan de aquellos modelos a imitar, ya ni quijotes, sino personajes trágicos, protagonistas de una comedia desastrosa

Comments are closed.