Suele decirse que hay dos formas de escribir una novela. Con mapa, esto es, teniendo el camino perfectamente trazado y todo el esqueleto narrativo perfectamente definido antes de comenzar a escribir, y con brújula, dejando que la historia y los personajes evolucionen “libremente” sin rumbo fijo. El secreto de los dioses olvidados, de Rafael González, parece haber sido escrita mediante este segundo método. Y el resultado dista mucho de ser satisfactorio.
La premisa y el inicio son interesantes. Nos encontramos en una Europa en la que la Triple Alianza ha ganado la I Guerra Mundial y Francia es un simple protectorado alemán, mientras que en Rusia la revolución bolchevique tan sólo ha triunfado a medias. En este escenario un soldado francés veterano y amnésico es contactado por un miembro de la “resistencia” para ayudar a la liberación de la patria. Para ello deberán desentrañar el poder del oricalco, el mítico mineral de los atlantes.
La novela parece pues seguir, al principio, un rumbo claramente ucrónico-retrofuturista, con toques esotéricos, algo que recuerda a cierto arqueólogo con sombrero fedora y látigo, al menos en su versión videojuego. El París “ocupado” se nos muestra decadente y asustado, con algunas escenas particularmente vívidas. Sin embargo, a medida que transcurre la historia el trasfondo más científico se va abandonando progresivamente, cediendo paso al fantástico puro, repleto de seres ultrapoderosos salidos de un pasado olvidado y con el máximo grado de acción posible. Puede ser un prejuicio personal contra esa clase de argumentos, pero el cambio es completamente arbitrario y la segunda parte parece una sucesión de lugares comunes con tan sólo unos leves toques de originalidad, justo lo opuesto a la primera parte.
Es este el primer síntoma de la deriva de la historia, pero no el único. Porque Rafael González nunca parece haber tenido bajo control su historia. Esto se hace especialmente notorio con los personajes. No es sólo que muchos sean clichés, sino que la mayoría entran y salen sin seguir unas pautas claras. Y no hablo sólo de muertes anticlimáticas, que también, sino que en un momento dado de la historia uno de los dos protagonistas y el personaje-motor de la historia hasta ese momento hacen mutis por el foro y no aparecen de nuevo hasta un breve cameo al final. Una decisión incomprensible que deja al lector preguntándose qué demonios habrá sido de ellos. No hubiera sido difícil incluso montar una pequeña trama paralela, un bosquejo de lo que sucede a los pobres humanos cuando los terribles dioses montan en cólera. Es como si al autor le molestaran de pronto pero, al tiempo, les tuviera demasiado cariño.
No son los únicos que sufren de una suerte similar, aunque los antagonistas, por supuesto, tienen un final más cruel. Pero el “mecanismo de relojería” que anuncia la portada (cuyo diseño es el principal acierto del libro, todo sea dicho) parece construido con engranajes encajados a martillazos a la buena de Dios. Es probable que estos errores de escritor novato puedan ser solventados en futuros esfuerzos, pero la novela en su estado actual es difícilmente defendible.
Y buena culpa de ello la tiene una edición verdaderamente pésima de Grupo AJEC. Existen errores editoriales más o menos disculpables, no corregir la puntuación como es el caso no creo que esté entre ellos. Pero cuando un libro sale el mercado con párrafos que de pronto dejan de estar justificados para estar simplemente sangrados a la izquierda uno empieza a pensar que la revisión de galeradas brilla por su ausencia. Lamentablemente sólo hay que llegar a la página 36 para confirmar que nadie se ha leído el libro antes de salir de la imprenta. Textualmente:
«¿Recuerda el incidente en el que acorazado Royal Oak (nombre en cursiva) colisionó con otro navío frente a las costas de Niza?»
Que un comentario de corrección aparezca publicado en un volumen que se vende al público es inexcusable por completo. Igual que otras veces he salido a defender la labor editorial de Raúl Gonzálvez, esta vez merece un sonoro tirón de orejas. Multiplicar el número de volúmenes editados descuidando por completo la calidad de los mismos como objeto, cuando ya anteriormente era bastante baja, no es una buena política editorial. Anteriormente podía escudarse en la selección de títulos, pero con este libro el resbalón, tanto en continente como en contenido, es notorio.
Hola, José Ramón.
Al igual que he hecho en todos los lugares que han tenido la amabilidad de leerse el libro, acudo a agradecerte el favor de que presentes luego tu opinión. Desde luego lamento mucho no haber cumplido las expectativas, que al final es lo que importa. Pero añado las críticas a la lista de comentarios recibidos con anterioridad para procurar que no se vuelvan a repetir esos errores.
Sólo espero que perdones los errores al novato y volvamos a cruzar palabras en un futuro (no muy lejano) por una próxima obra que, esta vez sí, no te deje el mal regusto de mi primera obra.
Hasta pronto.
Hola, Rafael. Lo primero agradecerte que demuestres esa educación y saber estar. Si algo pretendía era explicar por qué no me había gustado y qué defectos le veía. Espero que también te haya servido para algo, aunque creo, por tu contestación y por comentarios a críticas anteriores, que es algo que haces siempre.
También te comento que en un determinado momento esperaba una analogía oricalco-uranio que a mí personalmente me hubiera gustado más, más acorde quizá con la narración, o al menos el inicio. Los mimbres me parecen buenos, pero tanto la deriva como la ejecución, en mi opinión, flaquean. También comento que de estos errores y de estas críticas es fácil aprender. Seguro que pronto lo demuestras.
Un saludo.