La chica del átomo dorado, Ray Cummings

Viva lo retro. Parece mentira que una novela de ciencia ficción escrita en 1929 pueda conservarse tan fresca más de 80 años después, aun lastrada por la inevitable inocencia que desprenden hoy ante nuestros ojos unos personajes acostumbrados a relacionarse entre sí y con el mundo de acuerdo con estrategias y reglas de conducta anticuadas e incluso un tanto infantiles.La chica del átomo dorado es un buen ejemplo de por qué la literatura pulp enganchó a nuestros abuelos, máxime en una época en la que los conocimientos científicos de los lectores eran notablemente inferiores a los que hoy podemos tener cualquiera de nosotros gracias a internet, sin ir más lejos.

El punto más original de la novela (aunque también es el punto débil a la luz de lo que hoy sabe la ciencia contemporánea) radica en el escenario donde transcurre la acción: nada de tierras exóticas e inexploradas de nuestro planeta ni de ningún otro que podamos alcanzar viajando hacia las estrellas…, sino el  átomo de un anillo de oro de uno de los protagonistas: el Químico. Por cierto, los nombres de los personajes los vamos conociendo a lo largo del texto cuando ellos se dirigen los unos a los otros, pero el autor siempre se refiere a ellos por su profesión.

El Químico es un científico adelantado a su tiempo que, gracias a un microscopio potentísimo dotado de una lente única, deduce que la creación es infinita en el sentido más amplio de la palabra, tanto en la escala de lo grande como en la de lo pequeño. Es decir, que nuestro universo no es más que el átomo de un superuniverso por encima del primero y éste a su vez mantiene la misma relación en orden creciente. Y lo mismo sucede en el decreciente: las cosas no acaban en el nivel atómico, sino que éste se convierte en un auténtico universo en relación con otras medidas inimaginablemente menores para nuestra concepción del tamaño… Durante sus observaciones, un día contempla asombrado a una hermosa mujer que vive en un átomo de su propio anillo. Ésta es la chica que da título a la historia, que originalmente se publicó en 1919 como relato breve de cinco capítulos. El gran éxito que cosechó le animó a ampliar el cuento primero hasta convertirlo en la posterior novela de cuarenta y un capítulos cortos que publicó diez años más tarde y que recién ahora ha sido editada en España por Ediciones Nalvay.

Decidido a encontrar a la bella y minúscula dama en ese mundo desconocido, el Químico hace honor a su nombre y logra desarrollar una fórmula que le permite reducir o aumentar su tamaño a voluntad (y además vestido, para salvaguardar las buenas costumbres). Entonces convoca a sus amigos, con los que se reúne en el clásico “club para caballeros” de la época: el Gran Hombre de Negocios, el Doctor, el Joven y el Banquero. Éstos escuchan su historia con escepticismo (a excepción del Joven, que también hace honor a su nombre y se pasa buena parte de la novela en celo: a la caza y captura de su propia chica del átomo) pero enseguida comprueban asombrados la eficacia de las pócimas desarrolladas por el intrépido Químico y se prestan a ayudarle a introducirse en el interior del anillo.

El Químico inicia entonces un viaje alucinante en el que describe de manera minuciosa (y a veces incluso excesiva) las sucesivas etapas de su empequeñecimiento, y es aquí donde flojea el texto, donde se nota el paso de los años, porque todos los paisajes que va recorriendo a medida que se hace más y más diminuto son páramos desolados y carentes de vida, cuando hoy sabemos que podría (debería) haberse encontrado con multitud de pequeños seres vivos de apariencia monstruosa para nuestra percepción, como por ejemplo las bacterias.

Finalmente alcanza su objetivo: el átomo donde vive la chica que le llamó la atención, a la que encuentra enseguida, y que resulta ser una de las mujeres más importantes de la ciudad de Arite, donde viven los oroides (la verdad es que tampoco se rompió mucho la cabeza para bautizar a la minúscula civilización), una sociedad utópica compuesta por hombres y mujeres similares a los humanos que disfrutan del ocio y la paz pero que en el momento de llegar el Químico se enfrentan a una grave crisis pues una nación rival, los malites, han organizado una guerra contra ellos. Él les echa una mano, convirtiéndose en un gigante y aplastando a los enemigos de los oroides, y por eso se convierte en un héroe. Entonces decide regresar a su tamaño normal no sin antes prometer a Lylda, la chica de la que se ha enamorado, que volverá a por ella. El tiempo transcurre a distinta velocidad, por lo que las semanas que pasa en Arite son apenas unos días en nuestro mundo.

Tras un penoso regreso, el Químico cuenta sus aventuras y muestra su intención de volver al maravilloso mundo pequeñito para traerse a Lylda. Sin embargo, en esta segunda ocasión sus amigos le esperan en vano y al final deciden ir a buscarlo, gracias a que el científico aventurero ha tenido la precaución de dejarle al Doctor la lista con los ingredientes de su fórmula para que puedan componerla y así crecer y empequeñecer a voluntad. Todos se embarcan en el viaje excepto el Banquero, al que le da pánico reducir su tamaño y queda encargado de guardar el anillo y protegerlo para que nada le suceda, pues si es destruido también lo será el mundo de los oroides…, y sus amigos.

El resto de la novela cuenta las aventuras del grupo, que logra alcanzar Arite para encontrarse allí al Químico establecido en su propio hogar fortaleza, casado con Lylda y con un hijo, y respetado con el sobrenombre de El Maestro por la comunidad oroide. Pero las cosas ya no son tan fáciles ni utópicas como al principio: la sociedad antaño feliz se ha deteriorado ante una amenaza peor que los malites y, en su afán por ayudar a la raza de los pequeñitos, los “gigantes” acaban contribuyendo a su destrucción.

En cierto modo, Cummings reproduce en esta novela muchos de los clichés de las novelas de aventuras coloniales…, sólo que en lugar de mostrar la superioridad del correspondiente lord del imperio británico sobre los hindúes o los surafricanos de turno (con sus amenazas añadidas de thugs o zulúes), nos muestra a unos oroides inferiores al ingenio y los conocimientos del científico y sus amigos (con las amenazas de otras tribus de su mundo). En un momento determinado del libro, el Gran Hombre de Negocios deja clara su postura ante la compasión mostrada por el Doctor con los problemas de Arite: “¿No lo entiendes?¡Somos hombres, tú y yo: hombres! Esas criaturas (los oroides) no son nada más que insectos (…) y nos los tomamos en serio. ¿No lo entiendes? ¡En serio! Por Dios, hombre, esto es divertido, no trágico.”

El éxito de La chica del átomo dorado influyó en la obra de diversos autores de ciencia ficción posteriores en el tiempo pero que no se atrevieron a ir tan lejos como Cummings. Dos de ellas son especialmente conocidas, gracias a sus exitosas adaptaciones al cine. La primera es El hombre menguante del gran Richard Matheson publicada en 1956, que cuenta la historia de un hombre que comienza a disminuir de tamaño lentamente pero sin ningún tipo de control, víctima de la nube radiactiva (estamos en plena Guerra Fría, con el temor a las explosiones atómicas y las consecuencias de la radiactividad) que le envolvió cuando pasaba unos días de vacaciones en un yate con su mujer. El final de la novela no relata la muerte del protagonista sino que sugiere que puede seguir disminuyendo más y más, eternamente, como si fuera un nuevo holandés errante.

La segunda novela es Viaje alucinante, escrita por Isaac Asimov como novelización de la película del mismo título que se rodó en 1966, basada a su vez en un cuento escrito por Otto Klement y Jerome Bixby. Trata de un científico soviético especialista en miniaturización que deserta a EE.UU. y que sufre un atentado a consecuencia del cual queda en estado de coma con una trombosis que amenaza con acabar con su vida. En una carrera contra el tiempo para poder salvarle (o mejor dicho: para salvar los conocimientos que posee) cuatro hombres a bordo de un minisubmarino especial son reducidos hasta el punto de poder ser inoculados en el sistema circulatorio del científico con la misión de llegar al cerebro y destruir la trombosis. El final es muy poético pues, tras diversas aventuras incluyendo la eliminación de un traidor en el grupo, antes de que se revierta el proceso y empiecen a crecer de nuevo, logran salir del cuerpo gracias a una lágrima.

Un apunte final. La edición de La chica del átomo dorado a cargo de Nalvay es muy correcta aunque cojea con un elemento inesperado: las ilustraciones un tanto infantiles de Juan Bauty que salpican el texto. No es un mal dibujante pero sinceramente me parece que el suyo no es el tipo de trabajo que exigía este texto recuperado de las arenas del tiempo. Puestos a ilustrar la novela, yo hubiera buceado en los archivos gráficos de algún autor más ad hoc, como Virgin Finlay.

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