El sueño de los dioses, de Javier Negrete

Cinco años ha tardado Javier Negrete en retomar su serie de Tramórea; el tiempo transcurrido desde que en 2005 publicase El espíritu del mago hasta que la ha culminado con las dos últimas novelas: El sueño de los dioses y El corazón de Tramórea. Publicadas con apenas unos meses de diferencia constituyen una historia única fragmentada en dos libros debido a su extensión. Durante esta pausa ha estado ocupado ganando el premio Minotauro de 2006 con Señores del Olimpo, y escribiendo novelas de temática variada que incluyen una ucronía (Alejandro Magno y las águilas de Roma), una narración histórica enclavada en las guerras médicas (Salamina) y un thriller fantacientífico (Atlántida).

Lo primero que llama la atención cuando el seguidor de la serie comienza su lectura es la manera en que Negrete ha decidido enlazar esta narración con las anteriores. A diferencia de El espíritu del mago, que se iniciaba dos años después de La espada de fuego, El sueño de los dioses parte del segmento final de la anterior novela, lo que obliga al lector a rememorar los hechos entonces ocurridos. No estamos ante un arranque que permita una presentación de los personajes en los nuevos lugares que ocupan sino que se hace necesario recordar el conflicto en el que se hallaban inmersos y cómo habían llegado hasta él. Algo que se facilita relativamente.

Más problemas supone la manera en que ha llevado a cabo esta acercamiento: el narrador relata de nuevo parte de él insertando múltiples pasajes que no aparecieron en la anterior novela. Retazos que, es una suposición, quedaron en la mesa de montaje para permitir que El espíritu del mago tuviera un final cerrado y no dejase al lector la sensación de vacío que acompaña a las historias abiertas (si entonces Negrete sabía cual seria el rumbo del resto de la historia). Aunque es algo de curso corriente, sobre todo en el mundo del cine y la televisión, si hace seis años no hubo necesidad de incluirlo no me siento cómodo con la manera en que rompe la unidad de la historia, hasta el punto que la he tenido apartada varios meses sin decidirme a seguir con ella. Por fortuna, después de las primeras 60, 70 páginas, con los personajes resituados en las posiciones de partida, comienza la nueva historia y se deja atrás esta peliaguda labor de engarce.

El sueño de los dioses es, sin tapujos, una preparación para El corazón de Tramórea; un nudo gordiano de cerca de 500 páginas en el que los protagonistas (Derguin Gorion, Kratos May, Ariel, Togul Barok, Ziyam…) se enfrentan al purgatorio definitivo: la profetizada contienda con los viejos dioses una vez que la “barrera” que los mantenía alejados de Tramórea cayó en El espíritu del mago. Un panteón de deidades inmisericorde y deseoso de vengar la derrota sufrida en el pasado. Su puesta en escena incluye acontecimientos apocalípticos que trascienden las búsquedas de las dos anteriores novelas y ponen a los héroes ante hechos que superan en mucho las amenazas a las que se han tenido que oponer.

Además del comienzo, llama la atención cómo el narrador omnisciente se acentúa (si eso es posible) y no duda en romper con el misterio con el que había tratado los “prodigios”. Si no me traiciona la memoria, tanto en La espada de fuego como en El espíritu del mago la explicación de los elementos sobrenaturales quedaba en una deliberada ambigüedad; tanto podían interpretarse como consecuencia de la magia que “ven” y “usan” sus practicantes/observadores como, para el lector con el ojo agudo, resultado de una tecnología muy avanzada desconocida por ellos. La historia de Tramórea sería la de una civilización futura que ha perdido sus orígenes y que entiende como sobrenaturales hechos que no lo son. Este desarrollo, que ha dado algunas de sus mejores historias de la mano de Jack Vance o Gene Wolfe, aquí se quebranta cuando al entrar en escena los dioses el narrador expone, a través de párrafos puramente informativos, cómo es posible lo que hacen. Cierto es que estos personajes comprenden lo que ocurre, las fuerzas que mueven y desatan sus criaturas… y, por tanto, quizás sea asumible la ruptura del velo que cubría hasta ahora todos estos elementos. Pero se hace una manera un tanto burda y se sacrifica una parte del encanto de la historia.

Esta sensación de ruptura unida a la de estar ante un interludio un tanto estirado es la que ha dominado mi lectura. Tan solo las escenas de acción y los actos caprichosos de los dioses me han hecho recuperar la maravilla que había experimentado con las dos anteriores novelas. Aunque también es posible que ya no sea un lector para este tipo de historias. Una duda de la que espero salir en cuento lea El corazón de Tramórea, donde se vislumbra un clímax apoteósico.

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