En un viejo rancho, el matrimonio formado por Martha y Benjamin vivía con calma y sencillez en medio de ninguna parte. Su único sobresalto había sido Bill, un hijo tardío cuya concepción había sido motivo de gran alegría hacía ya quince años. Desde entonces, la pareja se había propuesto conseguir para él lo que a ellos se les había negado y por ello lo habían mandado a la ciudad para estudiar, más allá de la ignorancia, falta de estímulo y el aislamiento de su hogar. No es de extrañar entonces que, cierto día, pudiera verse a Martha casi babeando cuando el chico, en su visita de fin de semana, contara a su madre la última anécdota en el instituto:
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