La mano izquierda de la oscuridad, Ursula K. Le Guin 3

La relectura de La mano izquierda de la oscuridad ha vuelto a sorprenderme, más, si cabe, que la primera vez, a causa de su vigente actualidad. Que mantenga semejante vigencia a pesar de las cuatro décadas transcurridas desde su publicación original no se debe únicamente a su temática, sino a un cúmulo de factores en los que destaca la portentosa elaboración del planeta Gueden —o Invierno.

La consistencia del mundo que nos presenta Le Guin se manifiesta a través de una coherencia implícita entre los factores geográficos y climáticos adversos y las diferentes sociedades que habitan el planeta Invierno, cuyo desarrollo tecnológico aúna elementos pertenecientes al mundo contemporáneo y al medievo. La cuidada descripción de la vida, las instituciones, ideologías y los diferentes sistemas de gobierno de los guedenianos acompañan una implacable narración inmersa en una laberíntica trama política, que alcanza su punto culminante en la última parte de la novela, en el épico viaje de Genly Ai y Estraven a través de la inmensidad de hielo, rememorando las grandes gestas que condujeron al ser humano a la conquista de los Polos. A esto se le suma la incursión de capítulos retrospectivos que recogen cuentos y leyendas, que lejos de ser arbitrarios, aclaran el relato y refuerzan su coherencia, iluminando aspectos encubiertos y sumergiéndonos en las gélidas tradiciones que dotan de una autenticidad y una densidad inigualable.

No obstante, en esta reflexión crítica sobre la novela, me gustaría detenerme en un aspecto concreto —y fundamental— de la novela: la sexualidad. Durante un período de veintiún días los guedenianos se mantienen sexualmente inactivos (sómer); después pasan a la fase denominada kémmer, de cinco a siete días, en la que, el individuo adopta uno de los dos sexos, antes de volver a la androginia inactiva. Sólo si se torna hembra y queda en estado, se mantendrá así hasta el partomomento en el que retorna al sómer inicial para empezar de nuevo el ciclo.

Le Guin despliega sus amplios conocimientos antropológicos, avalados por su tradición familiar, y deslumbra con una sexualidad tan estructuradora de la vida social como los factores climáticos de Invierno. Esta particularidad de los humanos guedenianos ejerce un efecto de extrañamiento al ofrecer, por medio del texto, un reflejo especular de nuestra sexualidad y de nuestras formas de vida, reconstruyendo las visiones inmovilistas sobre la sexualidad y, a su vez, sobre la humanidad. La autora anula las oposiciones radicales en las que se basa el pensamiento dualista occidental recurriendo a una complementariedad que exige el entendimiento entre opuestos. Abandona así un maniqueísmo reduccionista para adentrarse en la complejidad de una composición donde cada una de las piezas adquiere su valor dentro de un sistema en los que ambos términos se necesitan y se complementan. Los pares articulan el relato, de tal manera que tiende a presentar dicotomías que acaban resolviéndose y superando las oposiciones iniciales. Esto se potencia desde la propia estructura narrativa bimembre, alternando las narraciones de los protagonistas.

La superación del dualismo —luz y oscuridad, hombre y mujer, guedenianos y Ecumen, Karhide y Ogoreyn, Estraven y Genly Ai— por medio de la deconstrucción inicial de los pares de opuestos nos conduce a una aceptación de la pluralidad y apunta a una superación de los centrismos. De este modo, La mano izquierda de la oscuridad también se supera a sí misma,  desvelando nuestra ceguera etnocéntrica y androcénctrica,  y reventando las limitaciones y barreras de nuestro consolidado pensamiento… y de nuestra verdad.

Tal como deslumbra en las primeras líneas: “la verdad nace de la imaginación; así la luz es la mano izquierda de la oscuridad. Una referencia ineludible para nuestro tiempo. 

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