El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán

Espero que este texto se entienda no como una crítica, sino como un primer acercamiento a una obra importante, al que a buen seguro seguirán luego estudios sobre sus múltiples aspectos de relieve. O al menos así debería ser si es que esto del fandom realmente sirve para algo útil; como, por ejemplo, poner en valor obras de gran calado.

Porque El fondo del cielo, sea o no novela de ciencia ficción, o sólo novela con ciencia ficción como defiende su autor, es una de las aportaciones más sorprendentes y singulares que ha realizado la lengua castellana a esta área nebulosa que llevamos tiempo intentando taxonomizar pero que se nos escapa en su riqueza, en la versatilidad de sus posibilidades.

Así, como invitación a la lectura y me limitaré a enumerar los aspectos de interés de la novela, en la esperanza de despertar tanto el apetito para que los lectores se acerquen a ella, como para que cada uno de estos puntos puedan ser tratados de forma exhaustiva por otros analistas más pacientes que yo.

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La última noche de Hipatia, Eduardo Vaquerizo

La última noche de HipatiaEl subgénero de viajes temporales entraña varios riesgos. Por un lado, pone a prueba la capacidad del autor para recrear escenarios históricos coherentes y verosímiles. Por otro lado, lanza el reto de crear tantos mundos y contextos creíbles como épocas y ambientes se nos presentan. Y, por último, exige del escritor la disciplina suficiente como para justificar la inclusión del viaje temporal, es decir, conseguir que éste no sea una mera coartada argumental para camuflar una narración histórica sin más. Por lo general, desde Poul Anderson hasta nuestros días, esta coartada viene dada por el recurso a entidades o empresas que, de manera genérica, podríamos denominar "patrullas temporales". Los guardianes del tiempo de Poul Anderson, la Eternidad de Isaac Asimov o la megacorporación ITC de Michael Crichton son sólo unos ejemplos, si bien hay que esperar hasta Connie Willis y su relato “Servicio de vigilancia” (1982) para salirse del esquema típico de patrullas temporales que intentan enderezar el devenir de los acontecimientos y hacernos regresar a una línea temporal "correcta". Connie Willis nos enseñó que el viaje en el tiempo no tenía por qué servir para salvar la humanidad o para generar paradojas temporales a diestro siniestro: también podía utilizarse como herramienta para el aprendizaje de la historia (y si, de paso, se conseguía salvar algún monumento de la devastación de la guerra, pues mucho mejor). Lo cual, bien visto, tiene sentido. Willis, consciente de que aquél era su mejor relato hasta entonces y de que había dado con un filón, retomó a algunos de los personajes del mismo para dar forma a su mejor novela larga, El libro del día del juicio final (1992).
 
Pues bien. Uno lee “Habítame y que el tiempo me hiele” (el cuento que cierra el volumen) y La última noche de Hipatia y se queda con la sensación de que Eduardo Vaquerizo ha intentado hacer una jugada similar a la de Connie Willis. No se trata de la misma jugada ni de una imitación consciente, sino de un modelo a seguir, y lo cierto es que ambas historias tienen bastantes puntos en común. Un relato breve en el que se presenta a unos personajes que dan con la clave del viaje temporal y se dedican a intentar desfacer entuertos con una finalidad claramente moral: son científicos, o historiadores, y se creen en el deber de enderezar el cauce de los acontecimientos históricos: en el caso del cuento de Connie Willis, evitando que se produzca la discronía, es decir, dejando la historia como estaba en el universo tal como lo conocemos; en el de Vaquerizo, creando una discronía nueva pero menos indeseable que la original, o, lo que es lo mismo, tratando de no empeorar el curso de la historia. Ambas narraciones parten de una concepción fatalista e irreversible de la historia (ninguna intenta salvar el mundo; como mucho, dejarlo igual y sin que se note), pero emplean soluciones diferentes para resolverlas.
 
Willis amplió el universo de “Servicio de vigilancia” en una novela monumental, la ya citada El libro del día del juicio final. El personaje de Kivrin, que aparecía citado de refilón en el relato, era el protagonista de la novela. Vaquerizo opera de manera similar en su universo narrativo, y hace que una alusión casi casual "a Marta y su búsqueda de los clásicos" en su relato se convierta en el eje de La última noche de Hipatia. Connie Willis dejó transcurrir diez años entre su relato y su novela; Eduardo Vaquerizo, once. En el transcurso de esta década, ambos autores parecen aplicar el mismo enfoque: la finalidad moral del viaje temporal se desvanece, y da paso a la pragmática lucha por la supervivencia. Están atrapados en un mundo que no es el suyo y que, pese a que les resulta conocido sobre el papel, es mucho más complejo que sus conocimientos. Se les escapan muchos parámetros. Kivrin se encuentra con que no entiende el inglés del siglo XIV: domina el vocabulario, pero no la fonética (y, de paso, nos regala uno de los mejores «primeros contactos» de la historia del género). Marta tiene un poco más de sentido común y deja pasar un tiempo en la cosmopolita ciudad de Alejandría, empapándose de voces y acentos, antes de poder mantener una conversación razonable, y aun así se hace pasar por una extranjera o, mejor dicho, por un extranjero, para no llamar demasiado la atención.
 
¿A qué viene esta comparación? A algo muy simple: es pertinente para valorar La última noche de Hipatia y "Habítame y que el tiempo me hiele". No estoy afirmando que el díptico de Eduardo Vaquerizo sea una variante del de Connie Willis, sino que ambos autores emplean recursos similares para abordar preocupaciones parecidas: cómo crear una buena obra de literatura fantástica con elemento histórico presentado de manera rigurosa, cómo escribir sobre viajes temporales de modo que éstos sean un fin en sí mismos (en lugar de un medio para hablar de otra cosa) y, mucho más importante, cómo perseguir al mismo tiempo la verosimilitud (coherencia interna) y el extrañamiento (o cómo hacer que la Alejandría del siglo IV nos resulte tan alienígena como debía de serlo para unos ojos occidentales del siglo XXI).

Eduardo VaquerizoVaquerizo realiza una composición de lugar sistemática y rigurosa para jugar con la temática histórica y del viaje temporal, utiliza como punto de partida unos referentes reconocibles y nos sumerge de lleno en un mundo demasiado ajeno a nosotros como para no resultarnos extraño, pero con demasiados puntos en común como para no generar desasosiego en nosotros. Realiza, en suma, una recreación de un mundo (novela histórica) al que añade un elemento fantástico y unos personajes que en unos casos actúan de acuerdo con un guión preestablecido (Hipatia o Cirilo, es decir, los personajes cuya existencia está documentada) y en otros lo hacen con una motivaciones coherentes y creíbles (Marta). Vaquerizo nos habla de una época convulsa porque quiere hablarnos de un personaje histórico muy atractivo (Hipatia de Alejandría, una mujer científica en una sociedad tan machista como la tardorromana), de los sentimientos que ésta despierta en una mujer culta y científica del siglo XXI (Marta, que actúa como trasunto del lector: su punto de vista es, o debería ser, el nuestro) y de un tema que domina la narración y que nos permite extrapolar con el presente y, por tanto, establecer paralelismos: la intolerancia, la caza de brujas y el riesgo (real, pues ya ha ocurrido) de que las fuerzas reaccionarias provoquen una involución social.

De este modo, Vaquerizo nos conduce a través de una historia cuyo desenlace conocemos de antemano (la Biblioteca de Alejandría sucumbe a un incendio provocado por el integrismo cristiano, y con ella Hipatia y gran parte del saber de la Antigüedad), con lo que exalta, sin ocultarlo pero sin adoctrinarnos, la profesión de científico (Hipatia y Marta) y las instituciones humanistas que representan (la Biblioteca de Alejandría y la Fundación Cronos). Vaquerizo pule un tanto su estilo a veces preciosista para supeditarlo a una narración que necesitaba un tono más claro y directo. Las descripciones de la Alejandría del siglo IV son tan interesantes como la correspondencia que intercambian Cirilo con el patriarca Teófilo, o las memorias del prefecto Orestes. La alternancia de estas cartas y memorias nos da una idea inicial de las fuerzas enfrentadas en el transcurso de los años que precedieron a la caída de la Biblioteca de Alejandría: el Imperio Romano, el cristianismo pujante y el helenismo cada vez más desacreditado.

Una vez expuesto el conflicto, los ejes de la narración pasan a ser dos mujeres: Hipatia, que nos presenta la mentalidad de su época (aunque desde un punto de vista algo diferente, dada su doble condición de mujer y de científica), y Marta, que nos presenta la mentalidad de nuestra época (desde el punto de vista de mujer y científica, pero también del de testigo supuestamente imparcial de una época convulsa que definió el mundo tal y como lo conocemos). Ambas interactúan de una manera que enriquece la trama y depara algunas sorpresas, bastante bien llevadas.
 
En la nota del autor, Vaquerizo confiesa que ha cambiado las fechas de algunos sucesos históricos para adaptarlas a las necesidades de la trama. No se trata de cambios que molesten, pues refuerzan el mensaje que pretende transmitir (la dura condena al fanatismo irracional) y hacen posible el encuentro entre dos personajes, Hipatia y Marta, muy bien perfilados: la primera, por la reconstrucción verosímil y consistente de un personaje lleno de matices; la segunda, por el acierto con el que el autor le da una voz propia y la hace creíble. Tal vez estos aspectos aparten La última noche de Hipatia de la novela histórica en el sentido estricto del término (a la manera en que Gore Vidal se permitió pequeñas "traiciones" a la cronología en su magistral Creación), pero a cambio la convierten en el ejemplo más depurado de obra española sobre viajes temporales que recuerdo y confirman la capacidad fabuladora, la amplitud de registros y la consolidación de Eduardo Vaquerizo como autor de referencia en un campo que ha sabido apropiarse y enriquecer, el de la novela fantástica con elementos históricos. Sin poseer la brillantez de Danza de tinieblas (que tal vez sea la ucronía más destacable de la ciencia ficción española de los últimos diez años), La última noche de Hipatia es un buen ejemplo de novela sobre viajes temporales, y deja con ganas de leer más narraciones sobre la Fundación Cronos. Seguro que el autor piensa lo mismo. Y el lector que se acerque a esta novela.

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La estrella de Pandora, Peter F. Hamilton

Desde luego Peter F. Hamilton es una de las nuevas estrellas de la ciencia ficción británica y, por qué no, mundial. Ya en la anterior novela publicada en España, La caída del dragón, demostró tener excelentes cualidades. Su originalidad y el ritmo que impone a la narración te dejan sin aliento y compone historias pirotécnicas que no puedes dejar de leer. Algo que, al menos yo, echaba de menos desde hace tiempo.

Pero su característica primordial es la ambición en sus planteamientos. La estrella de Pandora es una novela creada para jugar en la primera división de la ciencia ficción intentando batir en este aspecto a todos los escritores que le han precedido. Está cargada de tal forma de sentido de la maravilla que, como si nada, parece descubrirnos la inmensidad de las posibilidades de la imaginación misma. Puede que todo radique en sus similitudes con las principales virtudes de novelas como Cita con Rama; en este clásico de Clarke lo principal es lo sorprendente y grandioso de la tecnología del artefacto Raman. Hamilton, como ocurre con Alastair Reynolds, es experto en presentarnos desmesuradas (por lo enormes) e increíbles muestras de tecnología alienígena.

En La estrella de Pandora tenemos misteriosas barreras que circunvalan sistemas estelares, naves que trasportan no una sino varias civilizaciones completas, una red de transporte a nivel galáctico de agujeros de gusano, deportes de riesgo practicados con tecnologías hoy día imposibles… y muchos más ejemplos (y muchos es una palabra que se puede quedar incluso corta). Por otro lado, tenemos descripciones de especies alienígenas detalladísimas, aunque siempre manteniendo una parte de misterio debido a la natural incomprensión que despiertan. Todo lo anterior es sólo una muestra. El libro contiene más y más sorpresas de este tipo. Leyéndolo llegas a pensar que la imaginación del autor es infinita.

Si La estrella de Pandora únicamente fuera esto, imaginación ilimitada, podría llegar a aburrir. Pero Hamilton además escribe bien, con una narración coral con muchos personajes y puntos de vista, más un poco de técnica betsellera o folletinesca. Utiliza los cambios de ritmo y los cliffhangers con una precisión que te deja exhausto; mientras lees no puedes parar. El mayor mérito estriba en que, pese a que todo lo anterior podría llegar a complicar las cosas para el lector, que no podría seguir la historia por lo enrevesada, vas leyendo y todo está claro como el cristal.

A lo largo de la historia hay también tiempo para la reflexión. En todo momento Hamilton nos da pautas sobre como afectarán en el futuro ser humano algunos de los avances que presentan. Porque no somos iguales a los humanos descritos en la novela. Sobre todo la medicina y el transporte han dado un giro tan radical que hasta algunos de los comportamientos “normales” descritos en algunos de los personajes hoy son imposibles y extraños.

Desde mi punto de vista, los que encuentran adictiva la serie de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin en el género fantástico pueden encontrar algo similar en esta novela desde una perspectiva de ciencia ficción. En la obra de Martin priman más las intrigas, la épica, la sangre y el sexo. En éste la space opera más salvaje, las descripciones de tecnologías alucinantes y algunos toques de novela negra o de espías. Pero la forma en que funcionan es parecida.

La edición de La Factoría es más que correcta y me parece de recibo el agradecerles las narices que han tenido para publicar algo así. El libro es un tocho de 763 páginas con un precio que, pese a que lo merezca, echa para atrás. Y además hay que tener en cuenta que la novela es en realidad media novela; Judas desencadenado es la otra mitad. El final de La estrella de Pandora es el super-cliffhanger más literal que jamás se haya visto y (escribo estas palabras tras leer la última línea) no compres nunca este libro sin tener claro que tendrás que adquirir los dos. Estoy mordiéndome las uñas por hincarle el diente a la segunda parte.

Me voy a leer.

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Mobymelville, Daniel Pérez

Algo imprescindible para un autor que disfruta escribiendo literatura de género es poseer una voz personal, fácilmente identificable en su obra, y Daniel Pérez Navarro, además de una prosa exquisita, la posee.

Adentrarse en Mobymelville es un reto. Es adentrarse en el mundo de los fabuladores, de los cuenta cuentos, de las narraciones dentro de las narraciones. Mobymelville es arriesgado, y merece la pena arriesgarse con él.

Este libro exhibe con orgullo su carácter fragmentario, surrealista en ocasiones, aunque en algunos párrafos el lector pueda sentirse perdido, aturdido y abrumado por las imágenes que encuentra. También puede llegar a pensar que dicho carácter fragmentario no ha sido buscado, que cada historia tuvo su propia génesis y sólo después de una hábil labor de cirugía ha sido posible crear Mobymelville, pero haya sido como haya sido, el resultado es disfrutable.

Mobymelville nos ofrece historias alejadas de cualquier efectismo, historias que no buscan un final que no existe, sino que nos conducen por un viaje maravilloso. Los fragmentos de este libro ofrecen estampas alucinantes, vívidas imágenes que se quedan grabadas para siempre en la memoria, como la multitud de ballenas muertas a la deriva, o la aparición (brevemente descrita, brevemente mostrada, pero no por ello menos impresionante) de Persephassa y la masacre que su presencia conlleva.

Si alguna pequeña queja puede alegar el lector es, precisamente, la fragmentación que como virtud mencionábamos, y que inevitablemente rompe el ritmo de la narración y en su necesidad de quebrar el espíritu de la novela distrae y rompe la continuidad.

En cualquier caso, como el autor nos dice, Mobymelville es sólo un accidente, un enorme deux ex machina que nos obliga a avanzar sin descanso hacia un final que no es tal, pero que nos obliga a echar la vista atrás y comprender cuánto hemos disfrutado el viaje.

Son inevitables (y buscados, claro) los paralelismos con Moby Dick, pero el lector tendrá la sensación de que, ocultas en el texto, pululan multitud de referencias, de juegos literarios, que se le escapan. Y eso es, sin duda, maravilloso.

Mobymelville no es un libro perfecto, pero es ambicioso, es literatura en estado puro, y es un libro que todo lector que conserve el placer de sumergirse en una obra que rebosa sentido de la maravilla debe, debe, debe leer.

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